LO QUE TENEMOS Y DEJAMOS DE VER...

 

Hay cosas que damos por sentadas porque forman parte de nuestra vida.

Despertarnos y poder levantarnos de la cama. Caminar. Ver. Escuchar. Tener a alguien a quien llamar. Sentarnos a comer con nuestra familia. Volver a casa. Abrazar a nuestros hijos. Tener tiempo para una conversación.

No solemos pensar demasiado en ellas hasta que alguna deja de estar. Entonces aquello que ayer era simplemente parte de nuestra rutina puede convertirse, de un momento para otro, en lo único que queremos recuperar.

Quizás ahí aparece una de las formas más difíciles de aprender humildad: entender que muchas de las cosas que creemos que nos corresponden nunca fueron realmente nuestras. Simplemente tuvimos la suerte de tenerlas.

Y no hablo solamente de la salud. También de las personas, de las oportunidades y de esos momentos cotidianos que no fotografiamos porque nos parecen demasiado normales para guardar una imagen. La vida tiene una extraña manera de enseñarnos el valor de algo cuando ya no podemos disfrutarlo de la misma forma.

Por eso creo que la humildad no consiste en pensar que somos menos que los demás. Tiene más que ver con reconocer cuánto recibimos y cuánto de lo que somos también fue construido por otros.

Vivimos, además, en una época que parece medir el valor de casi todo por lo que puede convertirse en algo visible, vendible o cuantificable. Entramos a las redes y encontramos productos, servicios, promociones y personas intentando mostrar lo que hacen. Incluso nuestra propia vida puede terminar convertida en algo que sentimos que tenemos que exhibir.

Y, sin embargo, muchas de las cosas que más necesitamos no tienen precio.

La empatía no se compra. Tampoco la honestidad, la capacidad de pedir perdón, el respeto, la paciencia o esa sensibilidad que nos permite darnos cuenta de que alguien no está bien aunque nos diga que sí.

La inteligencia artificial puede acercarnos información en segundos, ayudarnos a resolver problemas y poner a nuestro alcance conocimientos que antes requerían mucho tiempo y esfuerzo. Es una herramienta extraordinaria, pero hay algo que no debería hacernos olvidar: tener acceso a toda la información no significa haber aprendido a vivir.

Podemos encontrar una respuesta para casi cualquier pregunta, pero seguimos necesitando aprender a escuchar, a comprender al otro, a manejar una frustración, a reconocer un error y a elegir cómo queremos comportarnos cuando nadie nos está observando.

Y ahí aparece una responsabilidad que, como padres, me parece mucho más importante que dejarles cosas materiales a nuestros hijos.

Porque seguramente recordarán algunas de las cosas que les compramos, pero lo que realmente puede acompañarlos durante toda su vida será aquello que aprendieron de nosotros sin que necesariamente se los hayamos explicado.

Van a observar cómo tratamos a las personas, cómo reaccionamos cuando algo sale mal, cómo hablamos de quien piensa diferente, si sabemos agradecer lo que tenemos y si somos capaces de pedir perdón cuando nos equivocamos.

Ese es un legado que no figura en ninguna escritura y que no puede guardarse en una cuenta bancaria. Pero puede pasar de una generación a otra.

A veces pienso que estamos demasiado preocupados por dejarles algo a nuestros hijos y no tanto por dejar algo en ellos.

Una casa puede venderse. El dinero puede desaparecer. Las cosas cambian de dueño. Pero una forma de mirar al mundo puede permanecer mucho después de que nosotros ya no estemos.

El filósofo y escritor Erich Fromm planteaba una diferencia que siempre me hizo pensar: la que existe entre vivir desde el “tener” y vivir desde el “ser”. No se trata de negar la importancia de las cosas materiales, sino de no confundirlas con aquello que realmente nos constituye.

Quizás ahí esté una de las preguntas que deberíamos hacernos con más frecuencia: si mañana perdiéramos una parte importante de todo aquello que hoy consideramos nuestro, ¿Qué quedaría de nosotros?

Tal vez la respuesta no esté en lo que acumulamos, sino en la manera en que vivimos, en las personas que fuimos capaces de cuidar y en los valores que dejamos en quienes nos siguen.

Porque muchas veces descubrimos el valor de algo recién cuando dejamos de tenerlo.

Y quizás la verdadera humildad consista en no esperar a perderlo para aprender a agradecerlo.

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