LA INTOLERANCIA QUE VEMOS EN LAS REDES
Hay algo que cada tanto hago cuando entro a X, Instagram o Facebook.
Leo los comentarios.
No solamente los de las publicaciones que me interesan. También los que aparecen debajo de noticias de actualidad, de política, de religión o de cualquier tema que pueda generar posiciones diferentes.
Y hay algo que me llama la atención.
No es que haya personas que piensen distinto. Eso me parece absolutamente natural.
Lo que me llama la atención es la forma en que muchas veces nos tratamos cuando pensamos distinto.
Alcanza con leer algunos comentarios.
Insultos. Descalificaciones. Personas que prejuzgan a otra sin conocerla. Personas que atribuyen intenciones que no pueden saber. Personas que parecen tener la necesidad de demostrar que el otro no solamente está equivocado, sino que además es ignorante, malo o despreciable.
Y muchas veces todo eso ocurre detrás de un perfil que no conocemos.
A veces incluso ni siquiera sabemos si detrás de ese perfil hay una persona o un bot.
Pero lo que sí sabemos es que esas palabras están ahí.
Y que alguien las puede leer.
¿Realmente somos así?
Esta pregunta me aparece cada vez más seguido.
Porque también creo que sería un error mirar los comentarios de las redes y pensar que eso representa a la sociedad.
No creo que sea así.
La mayoría de las personas que conozco pueden tener opiniones políticas completamente diferentes, pueden pensar distinto sobre religión, sobre la actualidad o sobre cualquier otro tema y, sin embargo, pueden sentarse a conversar.
Pueden discrepar.
Pueden discutir.
Y pueden seguir respetándose.
Entonces, ¿por qué cuando entramos a las redes parece que todo fuera blanco o negro?
¿Por qué parece que solamente existen los que piensan como nosotros y los que están contra nosotros?
Quizás una parte de la respuesta esté en la propia forma en que funcionan las redes.
El psicólogo William J. Brady y un equipo de investigadores estudiaron cómo percibimos la indignación en las conversaciones online. Encontraron algo muy interesante: quienes observamos esos intercambios tendemos a percibir más indignación de la que realmente sienten quienes escriben los mensajes. Y esa percepción puede llevarnos a creer que los grupos con los que no coincidimos son mucho más hostiles de lo que realmente son.
Dicho más sencillamente: podemos terminar creyendo que “todos están contra todos” porque los comentarios que más nos llaman la atención son justamente los que más nos provocan.
Y quizás no sean los más representativos.
Pero sí son los que vemos.
Antes había que mirar al otro
Pienso en las conversaciones de antes.
En una mesa donde varias personas podían estar hablando de política, de religión o de cualquier tema de actualidad y no necesariamente pensaban igual.
No estoy diciendo que antes no existiera intolerancia.
Por supuesto que existía.
Pero había una diferencia.
Había que estar frente al otro, escuchar su voz y ver su cara
Y eso, de alguna manera, nos recordaba que estábamos hablando con una persona.
Hoy podemos responderle a alguien que no conocemos con una frase que quizás jamás le diríamos si estuviera sentado frente a nosotros.
Y después apretar un botón y seguir con nuestro día.
Quizás ese sea uno de los grandes desafíos que nos plantean las redes.
Nos dieron una posibilidad enorme de comunicarnos.
Pero también nos dieron una facilidad enorme para olvidarnos de que del otro lado hay alguien.
Lo que provocamos también importa
Hay otra cosa que me parece importante.
Las redes no solamente muestran lo que sucede.
También pueden hacer que determinadas cosas tengan mucho más alcance.
Un estudio publicado en Nature en 2026 encontró que los feeds diseñados para maximizar la interacción expusieron a los usuarios a más contenido emocional, moralizado y tóxico que los feeds ordenados cronológicamente. También aumentaron la percepción de hostilidad entre grupos políticos.
Esto no significa que todo lo que vemos sea falso.
Tampoco significa que las redes sean responsables de nuestra intolerancia.
La responsabilidad sigue siendo nuestra.
Pero sí significa que deberíamos ser un poco más conscientes de aquello que ayudamos a hacer circular.
Porque cuando compartimos una publicación solamente porque nos indigna, cuando respondemos desde la bronca o cuando convertimos un insulto en el centro de una conversación, también estamos participando de esa dinámica.
Y quizás estamos ayudando a que parezca que hay más odio del que realmente existe.
No tenemos que pensar igual
Para mí, la solución no pasa por dejar de discutir.
Al contrario.
Creo que necesitamos volver a discutir.
Pero discutir no debería significar destruir al otro.
Podemos estar convencidos de que alguien está equivocado.
Podemos defender una posición con toda la fuerza que creamos necesaria.
Lo que no deberíamos perder es la capacidad de entender que una persona no se resume a una opinión.
Porque quizás ahí está una de las grandes diferencias.
Una cosa es decir:
“No estoy de acuerdo con lo que pensás.”
Y otra muy diferente:
“Por pensar así, vos sos…”
A partir de ahí ya no estamos discutiendo una idea.
Estamos juzgando a una persona.
Y cuando llegamos a ese lugar, la conversación prácticamente terminó.
Quizás tengamos que mirar un poco menos los comentarios
No para ignorarlos.
Sino para ponerlos en perspectiva.
Porque quizás algunos comentarios que vemos todos los días no representan a la mayoría.
Quizás simplemente son los que más ruido hacen.
Y el ruido puede engañarnos.
Puede hacernos creer que vivimos rodeados de personas intolerantes.
Puede hacernos responder con la misma intolerancia que criticamos.
Y ahí está, para mí, el verdadero peligro.
Que terminemos convirtiéndonos en aquello que decimos rechazar.
No sé si vamos a conseguir que las redes sean un lugar donde todos podamos pensar diferente y tratarnos con respeto.
Pero sí sé que cada uno de nosotros puede decidir qué hace con la posibilidad que tiene de hablar.
Podemos usarla para insultar, prejuzgar o provocar.
O podemos usarla para decir lo que pensamos sin olvidarnos de algo muy sencillo:
Del otro lado también hay una persona.
Y quizás no tengamos que estar de acuerdo para recordarlo.

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