HAY COSAS QUE SOLO LAS ENTENDEMOS CUANDO LAS NECESITAMOS
Cuando damos vuelta la página...
Hay meses que pasan casi sin que nos demos cuenta. Y hay otros que, cuando terminan, sentimos que dejan una marca.
Julio fue uno de esos meses para mí.
Hoy empieza agosto. Por estas latitudes seguimos en pleno invierno, pero, de alguna manera, también siento que se dio vuelta una hoja del libro. Como si la vida me invitara a comenzar un nuevo capítulo.
Y quiero empezar ese capítulo de una forma muy simple: dando las gracias.
Gracias por tener salud.
Gracias a todas las personas que se preocuparon por mí, a quienes estuvieron presentes con un mensaje, una llamada o simplemente preguntando cómo estaba. Cada gesto, por pequeño que haya parecido, tuvo un enorme valor.
Y quiero agradecer especialmente la atención, el profesionalismo y la calidez humana que recibí en el Sanatorio Americano. A los médicos, nurses, enfermeras y a todo el personal que me recibió, me atendió y me cuidó durante esos días. Muchas veces hablamos de la excelencia profesional, pero cuando esa excelencia va de la mano con la calidad humana, la diferencia se siente. Y vaya si se siente.
Mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que, más allá de todo lo vivido, hay algo que me quedó dando vueltas en la cabeza.
La importancia de los vínculos.
Vivimos en una época en la que pareciera que el éxito se mide por lo que tenemos, por lo que conseguimos o por las metas que alcanzamos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en algo mucho más valioso: las personas con las que compartimos el camino.
Porque cuando la vida nos pone a prueba, hay algo que queda muy claro. Ningún vínculo verdadero se construye en ese momento.
Cuando necesitamos contención, comprensión o simplemente alguien que esté, ya es tarde para empezar a sembrar.
Los vínculos genuinos se construyen mucho antes.
Se construyen cuando llamamos a alguien sin tener un motivo especial. Cuando escuchamos sin mirar el reloj. Cuando nos alegramos sinceramente por los logros de otro. Cuando estamos presentes incluso cuando la vida del otro marcha bien y no parece necesitarnos.
Son esas pequeñas cosas, casi invisibles, las que con el tiempo terminan creando una red capaz de sostenernos cuando más falta hace.
Durante estos días recibí mensajes de personas con las que hablaba seguido y de otras con las que hacía mucho tiempo no tenía contacto. Algunas me sorprendieron. Otras no, porque sabía que iban a estar.
Y cada una, a su manera, me recordó que nunca sabemos el alcance que puede tener un gesto sencillo.
A veces pensamos que para hacer una diferencia en la vida de alguien hace falta hacer algo extraordinario. Yo creo que no.
Muchas veces alcanza con hacerse presente.
Con preguntar cómo estás.
Con dedicar unos minutos.
Con demostrar que el otro importa.
Es curioso. Pasamos años construyendo una carrera, buscando estabilidad, haciendo planes para el futuro. Y está bien que así sea. Todo eso forma parte de la vida.
Pero quizás deberíamos preguntarnos si estamos dedicando el mismo esfuerzo a construir algo que no se compra, que no se mide y que tampoco se improvisa: una red de vínculos genuinos.
Porque el día que la vida nos sorprende —y tarde o temprano a todos nos sorprende de alguna manera— son esas personas las que aparecen para sostenernos.
No porque tengan la obligación de hacerlo.
Sino porque eligieron estar.
Hoy comienza agosto.
No sé qué traerá este nuevo capítulo. La verdad es que nadie lo sabe.
Lo que sí sé es que quiero empezarlo valorando mucho más a las personas que forman parte de mi vida.
Y, si este artículo logra despertar algo en quien lo está leyendo, ojalá sea una pregunta muy simple.
¿Hace cuánto no le das las gracias a alguien que siempre estuvo ahí?
¿Hace cuánto no llamás a esa persona solo para saber cómo está?
A veces creemos que siempre habrá tiempo.
Pero la vida, con la misma facilidad con la que da vuelta una página, también puede recordarnos que ninguna página está garantizada.
Quiero empezar agosto agradeciendo. Agradeciendo la salud, el cariño recibido, la atención que me brindaron y, sobre todo, el privilegio de haber construido, sin darme cuenta, una red de personas que estuvo ahí cuando más la necesité.
Porque, como dijo Ralph Waldo Emerson: "El único modo de tener un amigo es ser uno."
Quizás esa sea una de las inversiones más valiosas que podamos hacer a lo largo de la vida.

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