MIENTRAS BUSCAS TU PROPÓSITO, EL TIEMPO NO ESPERA: DECIDE POR VOS.

Mientras buscas tu propósito. Articulo Positivossiempre


 El tiempo no está de tu lado (aunque quieras creer que sí)

Hay una escena que se repite más de lo que nos gusta admitir.

Una persona —puedo ser yo, podés ser vos— sentada, pensando. Mirando hacia atrás. Ordenando recuerdos. Intentando encontrar un hilo conductor que le dé sentido a todo lo vivido.

Yo tengo 54 años.
Y cuando digo que viví, no lo digo desde un lugar vacío.

Viví en distintos países. Viajé, conocí.
Me equivoqué. Varias veces.
Me casé dos veces.
Construí, rompí, volví a construir.
Tengo un hijo.
Y todavía tengo proyectos que no hice aún.

No hablo desde la teoría. Hablo desde el recorrido.

Y sin embargo, hay algo que no cambia. Algo que no se adapta a mis tiempos, ni a mis dudas, ni a mis procesos:

el tiempo sigue avanzando.

No frena porque estés confundido.
No espera a que te sientas listo.
No se acomoda a tus planes.

Y mucho menos… a tus excusas.


Durante años escuché —y también repetí— la misma idea:

“Estoy buscando mi propósito.”

Suena bien. Incluso suena profundo.
Pero con el tiempo entendí algo que no es tan cómodo de aceptar:

muchas veces, no estamos buscando propósito… estamos evitando actuar.

Porque buscar es seguro.
Buscar no te expone.
Buscar no te obliga a fallar.

Actuar sí.


Acá es donde algo empezó a cambiar en mí.

Hablé antes del tikún, eso que desde la cábala se entiende como lo que vinimos a trabajar en esta vida. Hoy lo veo distinto: no se trata de entenderlo, se trata de hacer algo con eso antes de que el tiempo se termine.


Hay un concepto interesante del psicólogo Barry Schwartz que explica cómo, cuando tenemos demasiadas opciones, en lugar de liberarnos… nos paralizamos.

Lo que no dice tan directamente —pero lo vivimos todos— es que esa parálisis muchas veces la disfrazamos de análisis profundo.

Pensamos que estamos reflexionando.
Pensamos que estamos creciendo.
Pensamos que estamos “en proceso”.

Pero en realidad… estamos quietos.

Y el tiempo, mientras tanto, no.


Recuerdo un momento puntual.

No fue un gran evento. No hubo crisis ni desastre.
Fue algo mucho más simple —y por eso más peligroso—:

me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo pensando en lo mismo… sin avanzar.

Ideas que repetía.
Proyectos que “iba a hacer”.
Decisiones que “todavía no eran el momento”.

Y ahí apareció una pregunta que no pude esquivar:

¿y si el problema no es que no encontré mi propósito… sino que no estoy haciendo nada con el tiempo que tengo?

No fue una revelación épica.
Fue incómoda. Directa. Sin poesía.

Pero real.


Nos enseñaron a buscar sentido.
A encontrar “eso” que nos define.
A esperar claridad antes de movernos.

Pero nadie nos dice esto con suficiente fuerza:

la claridad muchas veces aparece después de actuar, no antes.

No encontrás tu camino sentado pensándolo durante años.
Lo construís caminando. Equivocándote. Ajustando.

Mientras tanto, el cuerpo cambia.
La energía cambia.
Las prioridades cambian.

La biología no negocia.


Entonces la pregunta deja de ser filosófica y pasa a ser brutalmente práctica:

¿Qué estás haciendo hoy con el tiempo que tenés?

No lo que soñás.
No lo que planeás.
No lo que decís que algún día vas a hacer.

Hoy.


Porque hay otra verdad incómoda:

no hacer nada también es una decisión.

Y tiene consecuencias.

No es neutral.
No es “esperar el momento correcto”.
Es elegir quedarte donde estás.

Y eso, con el tiempo, también construye un resultado.


A esta altura de mi vida, no me interesa vender una idea optimista vacía.

No todo es posible.
No todo llega.
No todo depende de vos.

Pero dentro de lo que sí depende, hay algo que marca una diferencia enorme:

lo que hacés con tu tiempo cuando nadie te está mirando.

Ahí no hay discurso.
Ahí no hay validación externa.
Ahí estás vos… y tus decisiones reales.


Y si hablamos de dejar huella —de ese famoso “legado”— hay otra trampa:

creer que el legado es algo grande, lejano, casi épico.

No lo es.

El legado es mucho más concreto y, otra vez, más incómodo:

es lo que alguien más ve cuando mira cómo viviste.

No lo que dijiste.
No lo que pensaste.
No lo que planeaste.

Lo que hiciste.


Entonces volvamos a las preguntas. Pero esta vez, sin suavizarlas:

¿Cuánto tiempo más vas a seguir pensando sin ejecutar?
¿Cuántas decisiones estás postergando con argumentos que suenan lógicos pero esconden miedo?
¿Cuántas veces usás la palabra “proceso” para no asumir que estás frenado?
Si alguien copiara exactamente lo que hacés todos los días, ¿terminaría en un lugar al que vale la pena llegar?
Y la más incómoda de todas:
si todo sigue igual durante los próximos cinco años, ¿te alcanza?


No se trata de cambiar tu vida en un día.

Se trata de algo más simple —y más difícil—:

dejar de mentirte.

Dejar de esconderte detrás de ideas que suenan bien.
Dejar de esperar una claridad que quizás nunca llegue en la forma que imaginás.

Y empezar.

Aunque no sea perfecto.
Aunque no sea definitivo.
Aunque no sea “tu propósito final”.


Porque hay algo que entendí tarde, pero a tiempo:

el propósito no es un punto de partida. Es una consecuencia.

De moverte.
De probar.
De sostener.

Y sobre todo, de usar el tiempo… en lugar de solo pensarlo.


Hoy no estoy cerrando nada.

Sigo teniendo dudas.
Sigo teniendo proyectos pendientes.
Sigo ajustando.

Pero hay una diferencia:

dejé de creer que pensar más me va a salvar.


Frase final:

No es el tiempo el que define tu vida… es lo que hacés mientras lo estás dejando pasar.


Comentarios

Entradas populares de este blog

COMO TENER ESTRUCTURA EN TU VIDA (AUNQUE HOY SEAS DESORDENADO)

PROPÓSITO: DONDE ESTÁS Y DONDE QUERES LLEGAR

EL HAMBRE DE AFECTO. LA RAZÓN DE PORQUE ACEPTAMOS MIGAJAS CUANDO NOS SENTIMOS SOLOS