CUANDO SER VULNERABLE TE HACE FUERTE
No siempre estoy bien. Y está bien.
Vivimos rodeados de frases que parecen obligarnos a sonreír. "Todo pasa", "pensá en positivo", "vos podés". Muchas veces nacen de la mejor intención, pero también pueden hacernos creer que sentirnos mal es casi un fracaso.
Y junto con ellas crecimos escuchando otra idea que parece haberse convertido en una regla: "como te ven, te tratan". Si te ven bien, confían en vos. Si te ven fuerte, te siguen. Si te ven exitoso, te aplauden. Pero cuando alguien atraviesa un momento difícil, pareciera que pierde valor a los ojos de algunos.
Hoy me siento con la libertad de decir que no siempre estoy bien.
Y lejos de avergonzarme, eso me recuerda que sigo siendo humano.
No escribo estas palabras desde la queja ni desde el lugar de víctima. Las escribo porque, como cualquiera, también tengo días en los que las respuestas no aparecen, las fuerzas parecen no alcanzar y el horizonte cuesta verlo con claridad.
Escribir sobre las emociones, los vínculos o la resiliencia no me coloca en un lugar distinto al de quienes me leen. No me convierte en alguien inmune al dolor ni me aleja de las dificultades de la vida.
Yo también me frustro.
También siento tristeza, ansiedad, enojo y miedo.
Tener herramientas para afrontar las dificultades no significa ser invencible. Significa intentar que esas emociones no sean las que dirijan mi vida.
Durante mucho tiempo confundimos fortaleza con no sentir. Como si admitir tristeza, desánimo o incertidumbre fuera una señal de derrota.
Hoy pienso distinto.
La verdadera fortaleza no consiste en ocultar lo que nos pasa. Consiste en aceptar que somos humanos y entender que una caída no define el resto de nuestra historia.
Porque caerse es parte del camino.
Quedarse para siempre en el suelo, no.
Antes de volver a levantarnos, muchas veces necesitamos detenernos. Respirar. Recuperar el aire. Ordenar los pensamientos. Juntar fuerzas para tomar ese impulso que nos permita seguir adelante.
Aceptar que hoy no estoy bien no significa resignarme a estar mal. Significa reconocer una emoción sin permitir que esa emoción decida por mí.
El psicólogo humanista Carl Rogers expresó una idea que resume este aprendizaje con enorme claridad: "La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar."
Cuánto sentido tiene esa frase.
Porque el cambio no empieza cuando negamos lo que sentimos. Empieza cuando dejamos de escondernos de nosotros mismos.
También aprendí que gestionar las emociones no significa hacerlo todo solo.
Hablar con alguien de confianza, expresar lo que sentimos y permitirnos ser escuchados no es un signo de debilidad. Es una forma de cuidarnos.
Muchas veces creemos que callar nos hace más fuertes. Sin embargo, lo que no expresamos no desaparece. El estrés, las preocupaciones y las emociones sostenidas en el tiempo pueden afectar nuestra salud física y emocional. Por eso, compartir lo que nos pasa o pedir ayuda cuando la necesitamos también forma parte del camino hacia el bienestar.
No siempre necesitamos que alguien tenga todas las respuestas.
A veces, simplemente necesitamos que alguien nos escuche sin juzgarnos.
Hay una idea de una canción de La Vela Puerca que siempre me acompaña: seguir vivo también implica convivir con el dolor. Y creo que ahí está una de las mayores enseñanzas. El dolor no siempre es el enemigo. Muchas veces nos recuerda que seguimos sintiendo, aprendiendo y teniendo la oportunidad de volver a empezar.
No elijo una vida sin dificultades.
Elijo una vida en la que cada caída me recuerde que todavía soy capaz de volver a ponerme de pie.
Porque quedarse para siempre en el piso es renunciar.
Y yo no elijo renunciar.
Yo elijo la vida.

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