ENTRE DOS FECHAS
Hay algo que siempre me llamó la atención de los cementerios.
En cada lápida aparecen dos fechas. La del nacimiento y la de la muerte. Dos números separados por un pequeño guion. Un simple trazo que parece insignificante, pero que en realidad contiene una vida entera.
Todo lo que fuimos.
Todo lo que amamos.
Todo lo que construimos.
Todo lo que dejamos pendiente.
Esta semana fallecieron dos personas de mi familia. Las dos tenían más de noventa años. Vivieron una vida larga. Vieron cambiar el mundo, formaron familias, atravesaron alegrías y dolores. No fue una despedida inesperada ni una historia interrumpida. Fue el cierre natural de un recorrido que había llegado a su destino.
Y, sin embargo, sus partidas despertaron en mí una pregunta que va mucho más allá de ellas.
¿Qué estoy haciendo con el tiempo que existe entre mis dos fechas?
Vivimos como si ese guion fuera infinito. Como si siempre hubiera otro lunes para llamar a alguien, otro mes para empezar ese proyecto, otro año para pedir perdón o decir "te quiero".
Pero nadie conoce la duración de ese contrato silencioso que firmamos el día en que nacemos.
En la tradición judía existe una enseñanza profundamente humana: nuestros días están contados por Dios, pero la manera en que llenamos esos días depende de nosotros. No elegimos cuánto dura la vida, pero sí qué hacemos con ella. El libro de Salmos lo expresa con una frase que siempre invita a reflexionar: "Enséñanos a contar nuestros días para que adquiramos un corazón sabio" (Salmo 90:12).
No habla de contar años.
Habla de aprender a vivirlos.
El judaísmo también enseña el concepto de tikkun olam: reparar el mundo. No porque podamos cambiarlo todo, sino porque cada pequeño acto de bondad deja el mundo un poco mejor de como lo encontramos.
El cristianismo propone una mirada muy cercana. En el Evangelio según Mateo, Jesús resume gran parte del sentido de la vida en dos acciones: amar a Dios y amar al prójimo. Y en otro pasaje recuerda que un árbol se conoce por sus frutos. Es decir, una vida no se mide por lo que acumula, sino por lo que produce en los demás.
Dos tradiciones distintas.
Un mismo mensaje.
La vida encuentra sentido cuando deja huella.
Entonces aparece una pregunta incómoda.
Cuando algún día alguien recuerde mi nombre, ¿qué recordará realmente?
¿Las horas que trabajé?
¿Las preocupaciones que tuve?
¿Las discusiones que gané?
¿O la tranquilidad que transmití, las manos que tendí, las conversaciones que cambiaron una vida, el abrazo que llegó en el momento justo?
Vivimos en una época donde parece más importante ser vistos que ser recordados.
Confundimos impacto con legado.
Pero el legado rara vez hace ruido.
Está en los hijos que aprendieron valores observando más que escuchando.
En un amigo que encontró refugio cuando todo se derrumbaba.
En una palabra de aliento que alguien sigue recordando años después.
En el ejemplo silencioso que dejamos cuando nadie estaba mirando.
Pienso también en quienes parten demasiado pronto.
En las personas jóvenes cuyos sueños, proyectos e ilusiones quedan inconclusos. Esas historias siempre nos golpean de otra manera porque nos enfrentan a la fragilidad de la existencia. Nos recuerdan que el tiempo nunca fue una promesa; siempre fue un regalo.
Tal vez por eso estas dos despedidas no solo me invitan a mirar hacia atrás.
Me obligan a mirar hacia adelante.
A preguntarme si realmente estoy viviendo o simplemente administrando los días.
Si estoy construyendo recuerdos o acumulando rutinas.
Si soy protagonista de mi historia o apenas un espectador de lujo viendo pasar la vida desde la tribuna.
No tengo respuestas definitivas.
Solo sé que algún día mi historia también quedará resumida entre dos fechas.
Y que lo único verdaderamente mío será ese pequeño guion que las une.
Ahí vivirán mis decisiones.
Mis afectos.
Mis errores.
Mis aprendizajes.
La forma en que hice sentir a quienes caminaron conmigo.
Porque al final, quizá el propósito de la vida no sea hacer que el guion sea más largo.
Sino hacer que valga la pena.

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