LO QUE NADIE NOS ENSEÑA SOBRE NUESTRAS EMOCIONES.

 



Somos un carrusel de sentimientos...

Antes de empezar, quiero aclarar algo.

No soy psicólogo ni pretendo serlo.

No tengo las herramientas que otorgan años de estudio ni la experiencia profesional de quienes dedican su vida a acompañar personas.

Lo que comparto aquí no surge desde una formación académica. Surge desde mi propia experiencia de vida.

Desde mis aciertos y mis errores.

Desde momentos en los que me sentí fuerte y otros en los que me sentí completamente perdido.

Con el paso de los años he llegado a una conclusión sencilla: todos somos un carrusel de sentimientos.

Nadie vive únicamente en la alegría.

Nadie está siempre en calma.

Todos, en distintos momentos, atravesamos el amor, el entusiasmo, la esperanza, el miedo, la ansiedad, la tristeza, la frustración, la resiliencia, el duelo y muchas otras emociones que forman parte de la experiencia humana.

Y creo que muchas veces olvidamos algo importante: vivir no significa mantenerse siempre en un mismo estado emocional.

Somos más parecidos a un electrocardiograma que a una línea recta.

Tenemos altos y bajos.

Momentos de euforia y momentos de caída.

Días en los que sentimos que podemos con todo y otros en los que apenas encontramos fuerzas para avanzar.

Pero justamente eso significa estar vivos.

Porque si un electrocardiograma fuera completamente lineal, ya no indicaría vida.

Tal vez nuestras emociones funcionen de una manera parecida.

No son una falla del sistema.

Son una señal de que estamos atravesando la experiencia humana.

También tengo claro que poner en palabras lo que sentimos no siempre es sencillo.

A veces porque duele.

A veces porque nos da miedo.

Y muchas veces porque ni siquiera tenemos claro qué es exactamente lo que estamos sintiendo.

No todos procesamos las experiencias de la misma manera.

No todos necesitamos los mismos tiempos.

Tal vez mientras lees estas líneas estés atravesando algo que nadie conoce del todo.

Quizás haya una conversación pendiente que sigues postergando.

Un duelo que todavía duele.

Una preocupación que intentas disimular.

Un miedo que prefieres guardar para ti.

O simplemente una emoción que aún no logras comprender.

Si es así, no estás solo.

Porque, de una forma u otra, todos cargamos batallas que no siempre son visibles para los demás.

Hay personas que pueden expresar una emoción apenas aparece.

Otras necesitan días, meses o incluso años para comprenderla.

Y no creo que eso nos haga mejores o peores.

Simplemente nos hace diferentes.

Yo también he transitado momentos en los que me costó entender lo que me pasaba por dentro.

Momentos en los que sabía que algo me afectaba, pero no encontraba las palabras para explicarlo.

Quizás por eso aprendí a valorar tanto el intento.

No la perfección.

No las respuestas inmediatas.

Simplemente el intento de escucharnos un poco más y de ser honestos con nosotros mismos.

Porque guardar emociones durante años no hace que desaparezcan.

Muchas veces siguen allí, silenciosas, ocupando espacio.

Por eso creo que vale la pena hacer el esfuerzo de expresar lo que nos pasa cuando estamos preparados para hacerlo.

Hablar cuando necesitamos ayuda.

Reconocer nuestros miedos.

Aceptar nuestras tristezas.

Compartir nuestras alegrías.

Decir aquello que durante mucho tiempo permaneció guardado.

No porque las palabras solucionen todos los problemas.

Pero sí porque nos ayudan a comprendernos mejor.

Y cuando logramos comprender un poco más lo que sentimos, también nos resulta más fácil seguir adelante.

La vida no consiste en evitar ciertas emociones y perseguir otras.

Consiste en aprender a convivir con todas ellas.

Porque cada una tiene algo para enseñarnos.

Y porque, al final, sentir no es una señal de debilidad.

Es una de las cosas que nos hace profundamente humanos.


"Al final, la vida no nos pregunta si sentimos. Nos pregunta qué hacemos con aquello que sentimos."

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