¿Y SI LAS CIUDADES TAMBIÉN ELIGIERAN A LAS PERSONAS?

 



Hay ciudades que te eligen sin que hayas nacido en ellas. 

Todos tenemos un lugar de origen. Ese punto en el mapa donde nacimos, crecimos o construimos gran parte de nuestra historia. En mi caso, Montevideo ocupa ese lugar. Es la ciudad de mis raíces, de mis afectos más profundos y de una enorme cantidad de recuerdos.

Pero hay algo que aprendí con los años: a veces el corazón adopta otros lugares.

Buenos Aires es uno de ellos.

Y quiero aclarar algo desde el principio. Esto no tiene que ver con ignorar los problemas que una ciudad pueda tener. Cada persona puede tener su propia mirada sobre cuestiones como la limpieza, la inseguridad, el tránsito o cualquier otro aspecto cotidiano. No se trata de eso.

Se trata de algo mucho más difícil de explicar.

Se trata de la energía que sentimos cuando llegamos a un lugar.

Porque hay ciudades que admiramos y hay ciudades que nos abrazan.

Buenos Aires, para mí, tiene eso.

Cada vez que cruzo el Río de la Plata y llego, experimento una sensación familiar. Como si no estuviera visitando una ciudad ajena, sino regresando a un lugar que de alguna manera también me pertenece.

No importa el tránsito. No importan los bocinazos. No importa el ruido que muchas veces forma parte de su identidad. En medio de todo eso encuentro algo que me resulta extrañamente reconfortante.

Me siento en casa.

Tal vez sea caminar por Palermo sin rumbo fijo. Tal vez perderme entre las calles de Recoleta. Tal vez recorrer la avenida Santa Fe observando el movimiento constante de una ciudad que parece no detenerse nunca.

O quizás sea algo tan simple como sentarme en uno de sus cientos de bares, pedir un café con un tostado o una medialuna y dedicarme a observar la vida pasar.

Porque los lugares no siempre nos conquistan por lo que muestran.

Muchas veces nos conquistan por lo que nos hacen sentir.

Y Buenos Aires me hace sentir cerca.

Cerca de mis mejores amigos, que viven allí.

Cerca de historias compartidas.

Cerca de recuerdos que se fueron acumulando con el tiempo hasta construir un vínculo que ya forma parte de mí.

Por eso, cuando llega el momento de regresar a Montevideo, nunca siento que me estoy despidiendo de una ciudad que visité.

Siento que estoy dejando atrás una parte de mi hogar.

Y siempre me descubro diciendo lo mismo:

"Hasta siempre."

Porque sé que voy a volver.

Existe una frase atribuida al escritor estadounidense James Baldwin que dice: "Quizás el hogar no sea un lugar, sino simplemente una condición irrevocable". Más allá de la exactitud de la frase, la idea encierra una gran verdad: el hogar no siempre está donde nacimos. A veces aparece en el camino, cuando menos lo esperamos.

Muchos viajeros describen experiencias similares. Lugares que, sin una explicación lógica, despiertan una sensación inmediata de pertenencia. Ciudades que parecen familiares desde la primera visita. Rincones del mundo donde sentimos una paz que no encontramos en ningún otro sitio.

Porque pertenecer no siempre depende de los documentos.

Depende de las emociones.

Depende de los recuerdos.

Depende de las personas que nos esperan.

Y depende de esa extraña sensación de caminar por una calle y sentir que, de alguna manera, siempre formamos parte de ella.

Por eso hoy quiero preguntarte algo:

¿Qué lugar del mundo te genera esa sensación? ¿Dónde sentís que una parte de vos también pertenece, aunque no hayas nacido allí?

Porque al final, la vida nos regala dos hogares.

El primero es aquel donde llegamos al mundo.

El segundo es aquel que nos encuentra en el camino.

Y cuando un lugar logra quedarse en tu alma, ya no importa cuántas veces te vayas: una parte de vos siempre se queda allí.

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