CUANDO LA MENTE YA ENTENDIÓ PERO EL CORAZON TODAVÍA NO



Hay algo que muchas veces me llama la atención.

¿Por qué, si sabemos perfectamente qué nos conviene hacer, terminamos haciendo algo diferente?

Y no hablo de cuando no tenemos una respuesta. Hablo de esos momentos en los que, en el fondo, sabemos cuál sería el camino.

Sabemos que deberíamos tomar una decisión. Sabemos que algo nos hace mal. Sabemos que hay cosas que deberíamos soltar o cambios que deberíamos hacer.

Incluso muchas veces somos capaces de verlo con claridad cuando le pasa a otra persona.

Le decimos a alguien que tiene que animarse, que tiene que poner un límite, que tiene que dejar de esperar algo que probablemente no va a llegar.

Pero cuando nos toca a nosotros, todo cambia.

Porque mirar una situación desde afuera siempre parece más sencillo.

Cuando somos espectadores, aparece la lógica. Vemos las cosas con distancia, analizamos mejor y encontramos respuestas rápidamente.

Pero cuando somos protagonistas, entran en juego nuestras emociones, nuestros recuerdos, nuestros miedos y todo aquello que no se puede resolver simplemente con una explicación.

Y ahí aparece una de las grandes contradicciones de la vida:

Podemos saber qué hacer y, aun así, no poder hacerlo.

Durante mucho tiempo pensé que eso era falta de voluntad o falta de coherencia. Como si entender algo debería ser suficiente para cambiar.

Pero con el tiempo empecé a verlo de otra manera.

El psiquiatra Daniel Siegel explica que comprender algo desde la razón no significa necesariamente haberlo integrado emocionalmente. Es decir, podemos tener una idea muy clara en nuestra mente mientras nuestras emociones todavía están procesando lo que esa decisión significa.

Quizás por eso muchas veces somos tan duros con nosotros mismos.

Nos preguntamos:

"¿Cómo puede ser que siga en el mismo lugar si ya entendí lo que tengo que hacer?"

Pero tal vez el problema no sea no haber entendido.

Tal vez el problema es creer que entender es lo mismo que estar preparado.

La razón suele ir más rápido. Analiza, compara, encuentra argumentos y toma decisiones.

Las emociones tienen otro ritmo. Necesitan atravesar procesos que no siempre se pueden acelerar.

Por eso repetimos patrones. Por eso a veces volvemos a lugares que sabemos que no son los mejores para nosotros. Por eso nos cuesta cerrar etapas que, desde afuera, parecen tan fáciles de cerrar.

No porque no sepamos.

Sino porque hay una parte de nosotros que todavía está intentando aceptar lo que otra parte ya comprendió.

Y esto no significa resignarnos.

Entender por qué nos cuesta algo no debe convertirse en una excusa para quedarnos donde estamos.

Pero tampoco debería convertirse en una razón para castigarnos.

Quizás el verdadero desafío sea aprender a acompañarnos en ese proceso. Tener la honestidad de reconocer dónde estamos, pero también la paciencia para construir hacia dónde queremos ir.

Porque cambiar no siempre sucede en el momento en que entendemos algo.

A veces sucede después, cuando finalmente logramos que lo que pensamos y lo que sentimos empiecen a caminar en la misma dirección.

Tal vez la mayor contradicción de nuestra vida no sea equivocarnos.

Tal vez sea exigirnos tener respuestas que nuestra propia historia todavía no está preparada para aceptar.

Porque hay decisiones que la mente toma en un instante, pero hay caminos que el corazón necesita recorrer para finalmente animarse a seguirlas.

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