EL PRECIO QUE MUCHAS PERSONAS PAGAN SIN DARSE CUENTA

 


El precio de encajar

Ayer escribí que muchas veces vivimos con la sensación de que estamos seguros. Hacemos planes, imaginamos el futuro y damos por hecho que mañana será parecido a hoy. Pero basta un minuto para que esa aparente seguridad se desmorone y nos demos cuenta de que la vida siempre tiene la última palabra.

Mientras terminaba ese artículo me quedó dando vueltas otra idea.

¿Y si esa no fuera la única seguridad que construimos sobre una ilusión?

Creo que también nos pasa con muchas de nuestras relaciones.

Desde muy chicos aprendemos, sin que nadie nos lo enseñe de forma explícita, que ser aceptados tiene un valor enorme. Todos necesitamos sentir que pertenecemos a algún lugar. A una familia, a un grupo de amigos, a un trabajo, a una comunidad.

El problema aparece cuando, para conseguir esa aceptación, empezamos a dejar de ser nosotros mismos.

No sucede de un día para el otro. Es mucho más sutil.

A veces elegimos no decir lo que pensamos para evitar una discusión. Otras veces ocultamos una emoción porque creemos que puede ser malinterpretada. Incluso hay ocasiones en las que dejamos de hacer preguntas porque sentimos que vamos a incomodar.

¿Quién no escuchó alguna vez frases como "pensás demasiado", "no le des tantas vueltas" o "complicate menos la vida"?

No estoy diciendo que eso ocurra siempre ni con todas las personas.

Tampoco estoy hablando de una situación puntual que me esté pasando hoy.

Simplemente creo que es algo que, en mayor o menor medida, casi todos vivimos alguna vez.

Hay lugares donde uno siente que puede hablar de cualquier tema. Y otros donde, después de unos minutos, entiende que es mejor quedarse callado.

No porque tenga miedo.

Sino porque percibe que la conversación nunca va a salir de la superficie.

Y está bien. No todos buscamos lo mismo en todos los vínculos. Hay relaciones que son más livianas y cumplen su función.

El problema aparece cuando, para mantener un lugar o una aceptación, terminamos escondiendo partes de quienes realmente somos.

El psicólogo Carl Rogers decía que las personas crecen cuando sienten que son aceptadas por quienes son y no por el personaje que creen que deben interpretar. Cuando el afecto depende de cumplir determinadas expectativas, poco a poco empezamos a alejarnos de nosotros mismos para acercarnos a la aprobación de los demás.

Y muchas veces eso funciona.

Nos aceptan.

Nos incluyen.

Nos invitan.

Pero pocas veces nos detenemos a hacernos una pregunta.

¿Están aceptando quién soy realmente o solamente la versión de mí que decidí mostrar?

La investigadora Brené Brown, que ha dedicado años a estudiar la vulnerabilidad y las relaciones humanas, hace una diferencia que me parece muy profunda.

Dice que encajar no es lo mismo que pertenecer.

Encajar significa cambiar algo de uno mismo para ser aceptado.

Pertenecer significa poder ser uno mismo sin tener que esconderse.

Puede parecer una diferencia pequeña.

Para mí cambia todo.

Porque sostener una versión de nosotros mismos para agradar termina cansando. Requiere estar atentos a lo que decimos, a cómo actuamos y hasta a lo que sentimos.

Y vivir así tiene un costo silencioso.

Pensando en todo esto, me di cuenta de que las personas con las que más disfruto estar tienen algo en común.

Con mis mejores amigos nunca siento la necesidad de medir cada palabra. Puedo mostrarme tal como soy, decir lo que pienso, incluso cuando no coincidimos. No necesito aparentar, ni demostrar nada, ni elegir cuidadosamente qué parte de mí mostrar.

Y creo que ahí está la diferencia.

No me aceptan porque siempre estemos de acuerdo. Me aceptan porque saben quién soy. Y yo hago exactamente lo mismo con ellos. No espero que piensen como yo ni que sean como a mí me gustaría que fueran. Los valoro justamente porque pueden ser ellos mismos.

Cuando una relación nos permite bajar las defensas, dejar de actuar y hablar con libertad, uno entiende que encontró algo muy valioso.

La confianza no nace de coincidir en todo.

Nace de saber que podemos ser auténticos sin miedo a ser juzgados.

No estoy diciendo que tengamos que expresar todo lo que pensamos ni convertir cada diferencia en un debate. La empatía también consiste en saber escuchar y elegir el momento adecuado para hablar.

Pero eso es muy distinto a vivir adaptando permanentemente nuestra esencia para no incomodar.

Con el tiempo entendí que las relaciones más profundas no son aquellas donde todos piensan igual.

Son aquellas donde cada uno puede ser quien es.

Quizás la verdadera libertad no sea encontrar un lugar donde todos estén de acuerdo con nosotros.

Quizás sea encontrar personas con las que podamos pensar distinto sin dejar de sentirnos aceptados.

Como siempre, no escribo estas líneas para dar respuestas.

Las escribo porque me ayudan a hacerme preguntas.

Y tal vez alguna de ellas también te sirva.

¿En cuántos lugares sentís que pertenecés de verdad?

¿Y en cuántos simplemente aprendiste a encajar?

Porque el precio de no encajar puede ser quedarse afuera de algunos lugares.

Pero el precio de dejar de ser uno mismo es mucho más alto.

Es dejar de reconocerse cuando uno se mira al espejo.

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