LA ILUSIÓN DE LO REAL



 Los verdaderos alquimistas

No espero que todos estén de acuerdo con lo que voy a escribir.

Ni siquiera espero que todos lo entiendan.

Porque hay experiencias que primero se viven y recién mucho tiempo después empiezan a tener sentido.

Durante estos últimos meses, mientras intentaba entender algunas cosas que estaban pasando con mi salud, me descubrí haciéndome una pregunta que nunca antes me había hecho.

¿Y si aquello que llamamos realidad fuera apenas la parte visible de algo infinitamente más grande?

No tengo una respuesta.

Solo tengo la sensación de que, cuanto más creo entender la vida, más consciente soy de todo lo que todavía desconozco.

Vivimos convencidos de que lo real es aquello que podemos tocar. Un abrazo. Un diagnóstico. Una pérdida. Una cuenta bancaria. Una casa. El paso de los años.

Pero también hay cosas imposibles de sostener entre las manos que cambian una vida para siempre.

Una mirada.

Un silencio.

Una intuición.

Una decisión.

Entonces… ¿qué es realmente lo más real?

La Cábala describe la existencia como un descenso desde niveles cada vez más sutiles hasta llegar al mundo material. A ese proceso lo llama Hishtalshelut, el encadenamiento de los mundos. Según esta enseñanza, lo visible sería apenas el último eslabón de una realidad mucho más profunda. Y el Zóhar, una de sus obras fundamentales, expresa una imagen que siempre me conmovió: “No hay una brizna de hierba abajo que no tenga una fuerza arriba que le diga: crece.” (Zóhar; idea también presente en Bereshit Rabbah 10:6).

No necesito tomar esa frase literalmente para que me haga pensar.

Me alcanza con preguntarme si detrás de cada experiencia habrá algo que todavía no alcanzo a ver.

Con el tiempo empecé a notar otra cosa.

Hay personas que llegan a nuestra vida y, sin esfuerzo, sentimos paz. No porque piensen igual que nosotros. No porque compartan nuestra historia. Hay algo más difícil de explicar. Es como si hablaran un idioma que el alma reconoce antes que la cabeza.

Y también ocurre lo contrario.

Hay vínculos que, aun haciendo todo lo posible, nunca terminan de encontrar armonía.

Durante mucho tiempo pensé que era cuestión de compatibilidad.

Hoy creo que tiene más que ver con la forma en que cada uno habita la vida.

Llámalo conciencia.

Llámalo energía.

Llámalo vibración, si esa palabra te resulta más cercana.

No hablo de algo que pueda medirse con un aparato. Hablo de esa presencia que todos sentimos aunque no sepamos explicarla.

Y tengo la impresión de que, cuanto más trabajamos en nosotros mismos, más empezamos a encontrarnos con personas que resuenan en esa misma frecuencia.

No porque sean iguales.

Sino porque miran la vida desde un lugar parecido.

Tal vez por eso la figura del alquimista nunca dejó de fascinarme.

Siempre nos contaron que buscaba transformar el plomo en oro.

Cada día estoy más convencido de que el verdadero alquimista jamás estuvo interesado en los metales.

Su trabajo era mucho más difícil.

Transformar el miedo en confianza.

La soberbia en humildad.

El dolor en sabiduría.

La reacción en conciencia.

Eso sí es alquimia.

Estos meses no eligieron por mí.

Pero sí me obligaron a detenerme.

Y cuando uno deja de correr, descubre que muchas de las preguntas importantes nunca habían dejado de estar ahí.

Solo que el ruido no permitía escucharlas.

Quizás las dificultades no llegan para castigarnos.

Quizás llegan para mostrarnos desde qué frecuencia estamos viviendo.

Porque las circunstancias pueden quebrarnos…

o pueden revelar una versión de nosotros que todavía no conocíamos.

Y esa elección, aunque no cambie lo que sucede, cambia profundamente a quien lo está viviendo.

Cada vez estoy menos interesado en entender cómo funciona el universo.

Y mucho más interesado en descubrir quién soy mientras lo atravieso.

Porque sospecho que ese era el verdadero oro que buscaban los antiguos alquimistas.

No estaba escondido dentro de la materia.

Siempre estuvo esperando dentro de nosotros.

Tal vez la evolución no consista en convertirnos en algo diferente. Tal vez consista en recordar aquello que ya éramos antes de empezar a creer que solo éramos materia.


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