CUANDO POR DEFENDER IDEAS NOS OLVIDAMOS DE LAS PERSONAS.
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Qué nos pasó?
Hay días en los que cierro las redes sociales con una sensación difícil de explicar.
No por una noticia en particular. Tampoco porque alguien piense distinto a mí.
Me pasa por la forma en la que nos hablamos.
Hace unos días leía una publicación sobre el aumento de las jubilaciones. Era un 2,5%.
Confieso que ese porcentaje me hizo pensar. Porque cuando una persona tiene que vivir con menos de 22.000 pesos por mes, cualquier aumento importa. Pero, al mismo tiempo, no pude evitar hacerme una pregunta.
¿Alcanza para cambiarle la vida a alguien?
Entré a leer los comentarios esperando encontrar personas preocupadas por esa realidad.
Encontré otra cosa.
Unos decían que el gobierno anterior había aumentado menos. Otros respondían que antes se estaba peor. Algunos culpaban a unos y otros hacían lo mismo con los de enfrente.
Y, mientras seguía leyendo, sentí que el jubilado había desaparecido de la conversación.
Ya nadie hablaba de él.
Entonces me pregunté si esto no nos estará pasando cada vez más seguido.
¿En qué momento dejamos de mirar a las personas para empezar a mirar solamente las posiciones que ocupan?
No creo que el problema sea pensar distinto. Sería muy aburrido un mundo donde todos opináramos igual.
Lo que me preocupa es que pareciera que cada conversación tiene que tener un ganador.
Como si todo fuera un clásico entre Peñarol y Nacional. Elegimos una camiseta y, desde ese momento, defendemos todo lo que venga de ese lado y rechazamos todo lo que venga del otro.
Pero la vida no se juega noventa minutos.
Los jubilados siguen necesitando llegar a fin de mes. Las familias siguen preocupadas por la seguridad. Hay personas buscando trabajo. Hay padres que no dejan de pensar en la educación de sus hijos.
Esos problemas no cambian según quién tenga la razón en un comentario.
Y no creo que esto sea un problema exclusivo de Uruguay. Basta con mirar lo que ocurre en muchos países para darse cuenta de que cada vez parece más fácil dividir el mundo entre “buenos” y “malos”, entre los que piensan como yo y los que están equivocados. Como si la realidad pudiera resumirse en dos bandos.
Capaz que por eso cada vez escuchamos a más personas decir que ya no creen en la política o que sienten desilusión con quienes deberían representarlas. No lo digo para señalar culpables ni para atacar a nadie. Lo veo más como una forma de preguntarnos si todavía somos capaces de escucharnos, de dialogar y de convivir con respeto.
Porque una sociedad no cambia solamente por las decisiones de quienes la rodean. También cambia por la forma en la que nos tratamos entre nosotros.
A veces me pregunto cuánto ganaríamos si, antes de escribir un comentario, nos detuviéramos unos segundos a pensar en la persona que está viviendo esa realidad.
No para darle la razón.
Simplemente para intentar comprenderla.
Capaz que la convivencia nunca dependió de pensar igual.
Capaz que siempre dependió de mantener nuestros valores, de practicar la tolerancia y de ponernos, aunque sea por un instante, en el lugar del otro.
A veces me quedo pensando si lo importante no está más cerca de lo que creemos. En la forma en que hablamos, en cómo respondemos, en cómo nos tratamos entre nosotros todos los días.
Y si el desafío no es convencer al que piensa distinto...
¿Y si el verdadero desafío es no perder nuestros valores mientras defendemos nuestras ideas?
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