CUANTO VALE TU PALABRA?
¿Somos coherentes con lo que decimos?
Hay una frase que escuché muchas veces a lo largo de mi vida: "Somos presos de nuestras palabras." Durante mucho tiempo pensé que simplemente significaba que había que tener cuidado con lo que uno decía. Con los años entendí que iba mucho más allá.
Las palabras tienen un peso. Generan expectativas, despiertan ilusiones y, muchas veces, crean compromisos. El problema aparece cuando hablamos sin pensar en lo que esas palabras pueden provocar en la otra persona.
¿Cuántas veces dijimos "después te llamo", "nos tenemos que juntar", "contá conmigo", "cuando quieras estoy", "la semana que viene lo hacemos"
Estoy seguro de que todos, en algún momento, dijimos alguna de esas frases. Yo también.
Y también me pasó estar del otro lado. Esperar un llamado que nunca llegó. Un encuentro que quedó solamente en una intención. O descubrir que ese "siempre estoy" terminaba siendo apenas una respuesta a un mensaje, sin que existiera la iniciativa de preguntar cómo estaba o cómo me sentía.
No creo que la mayoría de las personas mienta. Creo que muchas veces hablamos desde el entusiasmo del momento, desde las ganas de quedar bien o porque realmente creemos que vamos a cumplir. Pero entre lo que sentimos cuando hablamos y lo que finalmente hacemos, muchas veces aparece una distancia demasiado grande.
Hace unos días escribía sobre el descreimiento que parece instalarse cada vez más en la sociedad. Pensándolo mejor, creo que no es casualidad. Basta con escuchar una campaña política. Promesas sobran. Algunas se cumplen y muchas otras quedan en el camino. No hablo de un partido ni de una persona en particular. Es algo que se viene repitiendo desde hace años y que, de alguna manera, termina acostumbrándonos a desconfiar. Cuando las palabras pierden valor, la confianza empieza a desaparecer.
Y esa misma lógica, aunque en otra escala, también puede aparecer en nuestras relaciones.
No hace falta una gran promesa para generar una desilusión. A veces alcanza con cosas muy simples. Decir que vamos a estar y no estar. Decir que alguien es importante mientras toda la iniciativa para mantener ese vínculo depende siempre de la otra persona. Decir "podes contar conmigo" y desaparecer justo cuando llega el momento de acompañar.
El filósofo Confucio dejó una enseñanza que atravesó los siglos:
"El hombre superior es modesto en sus palabras, pero abundante en sus acciones."
Cada vez que vuelvo a leer esa frase encuentro un significado distinto. Tal vez porque la coherencia no consiste en no equivocarse. Todos nos equivocamos. Todos cambiamos de planes. Todos tenemos días en los que no llegamos a todo.
Para mí, la coherencia pasa por intentar que exista la menor distancia posible entre lo que decimos y lo que hacemos. No siempre lo consigo. Todavía me equivoco. Pero hoy soy mucho más consciente del valor que tiene una palabra cuando realmente está respaldada por una acción.
Quizás por eso empecé a cuidar más lo que digo. No porque quiera hablar menos, sino porque me gustaría que las personas que me conocen sepan que, cuando doy mi palabra, hago todo lo posible por cumplirla. Y si alguna vez no puedo, prefiero decirlo con honestidad antes que dejar una expectativa abierta.
Al final, creo que no somos presos de nuestras palabras. Somos responsables de ellas. Y esa responsabilidad empieza mucho antes de hablar. Empieza en preguntarnos si aquello que estamos por prometer realmente vamos a intentar sostenerlo.
¿Alguna vez prometiste algo convencido de que ibas a cumplirlo y no pudiste? ¿O alguien hizo eso con vos? Tal vez ahí empiece una buena reflexión sobre el verdadero valor de nuestra palabra.
Fuente de la cita: atribuida a las enseñanzas recopiladas en las Analectas de Confucio.
Frase final:
"La palabra puede abrir una puerta. La coherencia es lo que permite mantenerla abierta."

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