DE VACAS GORDAS Y VACAS FLACAS...

 



Épocas de vacas gordas y vacas flacas

Hace un tiempo comparé la vida con un electrocardiograma. Mientras la línea sube y baja, hay vida. Los altibajos no son un error del sistema; son parte de él.

Con los años entendí que las épocas de "vacas flacas" no se limitan a lo económico. También llegan al trabajo, a las relaciones, a la salud física y mental. Hay momentos en los que sentimos que tocamos el cielo con las manos y otros en los que lo único que deseamos es que el tiempo pase rápido y la tormenta termine de una vez.

La vida tiene esa capacidad de sorprendernos. A veces para bien y otras no tanto.

Mis propias experiencias me enseñaron que cuando la vida nos sonríe es justamente cuando más humildes y prudentes deberíamos ser. Es fácil creer que todo seguirá igual cuando las cosas funcionan. Sin embargo, basta un instante para que el escenario cambie por completo.

Por eso creo que las épocas de abundancia son mucho más que un tiempo para disfrutar. Son una oportunidad para prepararnos.

Prepararnos no significa vivir con miedo a que algo suceda. Significa construir. Construir vínculos genuinos, aprender, cuidar la salud, fortalecer a la familia, desarrollar nuevas herramientas, ahorrar cuando se puede y, sobre todo, cultivar una fortaleza interior que no dependa únicamente de las circunstancias.

En varios artículos hablé de cómo la vida puede cambiar en menos de un minuto. No importa cuánto planifiquemos: hay situaciones que simplemente escapan a nuestro control. Pero cuando llegan, descubrimos que no empezamos desde cero. Empezamos desde todo aquello que fuimos construyendo mientras el horizonte estaba despejado.

Hay una frase de la Madre Teresa de Calcuta que siempre me acompaña:

"Nadie es tan pobre que no tenga algo para dar, ni tan rico que no tenga algo para recibir."

Cada vez que la leo encuentro un significado distinto. En los momentos difíciles solemos pensar que solo necesitamos recibir ayuda. Sin embargo, incluso atravesando una crisis siempre podemos ofrecer una palabra, una escucha, una experiencia o simplemente nuestra presencia. Y cuando la vida nos encuentra en un buen momento, recordar que también necesitamos de los demás nos mantiene con los pies sobre la tierra.

Hay otra palabra que, desde hace tiempo, ocupa un lugar especial en mis reflexiones: Emuná.

Generalmente se la traduce como "fe", pero quienes han estudiado en profundidad la tradición judía explican que su significado es mucho más amplio. El rabino Jonathan Sacks decía que la Emuná no consiste en creer que todo saldrá como esperamos, sino en tener la confianza suficiente para seguir adelante aun cuando no conocemos el final de la historia.

Esa idea siempre me resultó profundamente humana.

Porque todos preferimos las épocas de vacas gordas. Nadie elige el dolor, la incertidumbre o las pérdidas. Pero cuando esos momentos llegan, la diferencia no suele estar en la intensidad de la tormenta, sino en los recursos, los vínculos, los aprendizajes y la fortaleza interior que fuimos construyendo antes de que apareciera.

Las vacas gordas y las vacas flacas seguirán alternándose. Es parte de la vida. Lo que realmente está en nuestras manos es decidir quiénes queremos ser cuando cada una de ellas nos encuentre.

Quizás esa sea la verdadera riqueza: no la de evitar los momentos difíciles, sino la de desarrollar la capacidad de atravesarlos sin perder aquello que nos define.

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