¿Y SI LA SEGURIDAD FUERA UNA ILUSIÓN?
Cuando la seguridad se rompe
Hay momentos en la vida en los que todo parece estar bajo control. La rutina avanza, hacemos planes, trabajamos, cuidamos a quienes amamos y, casi sin darnos cuenta, construimos una sensación de seguridad. No porque sepamos lo que va a pasar, sino porque necesitamos creer que mañana será parecido a hoy.
Hasta que un día deja de serlo.
En mi artículo anterior compartí el impacto que tuvo recibir el resultado de un centellograma. Más allá del diagnóstico, hubo algo que me atravesó profundamente: comprender que la vulnerabilidad no es una idea filosófica. Es una experiencia. Y cuando aparece, la sensación de seguridad que habíamos construido empieza a resquebrajarse.
Creo que, en el fondo, la búsqueda de seguridad acompaña cada decisión que tomamos.
Está en quien cuida su salud para intentar ganar tiempo. En quien trabaja para proteger a su familia. En quien permanece en una relación por miedo a la incertidumbre. En quien ahorra pensando en el futuro. Incluso en quien evita hacer cambios importantes porque lo conocido parece menos amenazante que lo desconocido.
Es parte de nuestro instinto de supervivencia.
Pero existe una paradoja: muchas veces confundimos seguridad con control. Y el control absoluto simplemente no existe.
Un resultado médico puede cambiar una semana. Una llamada puede modificar un proyecto. Una pérdida puede alterar años enteros de estabilidad.
No escribo esto desde el pesimismo. Lo escribo desde un aprendizaje que todavía estoy procesando.
Cuando leí que mi corazón mostraba pequeñas cicatrices de antiguos infartos silenciosos, inevitablemente aparecieron preguntas que ninguna prueba médica puede responder. Pensé en todo lo que me había llevado hasta ese punto. Pensé en las personas que amo. Y entendí que detrás del miedo no estaba solamente la posibilidad de morir. Estaba la necesidad, profundamente humana, de sentir que todavía había un piso firme donde apoyar los pies.
Ese sentimiento no pertenece solo a la salud.
También aparece cuando el trabajo se vuelve incierto. Cuando una relación se desgasta. Cuando las cuentas no cierran. Cuando sentimos que estamos sosteniendo demasiadas cosas al mismo tiempo.
La mayoría de las personas aprende a disimularlo.
Seguimos sonriendo. Seguimos trabajando. Seguimos diciendo que todo está bien.
Pero por dentro, muchas veces, estamos intentando no caernos.
En mi caso, la fe ocupa un lugar muy importante. No porque elimine el miedo, sino porque me recuerda que no todo depende de mí. La tradición judía enseña que no estamos obligados a completar toda la obra, pero sí a seguir caminando. Y Jesús invita a no vivir atrapados por la preocupación del mañana. Dos caminos que coinciden en una misma verdad: aceptar que no controlamos todo no significa dejar de vivir plenamente.
Aun así, hay momentos en que sentimos que nos caemos. Y creo que lo más honesto que podemos hacer no es negar esa sensación, sino reconocerla.
Pedir ayuda no es un fracaso. Hablar no es una señal de debilidad. Buscar apoyo médico, psicológico, espiritual o simplemente alguien que escuche puede ser el paso más valiente que demos mientras todavía estamos a tiempo.
Durante mucho tiempo asocié la fortaleza con resistir.
Hoy empiezo a creer que la verdadera fortaleza también consiste en aceptar que, a veces, necesitamos que otros nos sostengan.
Quizás nunca podamos eliminar por completo la incertidumbre. Pero sí podemos decidir cómo caminar dentro de ella. Con más humildad. Con más conciencia. Con más gratitud por el presente.
Porque reconocer nuestra fragilidad no nos hace más pequeños.
Nos hace profundamente humanos.
Reflexión final
La verdadera seguridad no nace de creer que nada va a pasar. Nace de descubrir que, aun cuando todo parece tambalear, todavía podemos elegir cómo sostener el corazón.

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